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La lucha por la tierra, por el Territorio y por el Planeta Tierra.

15 de octubre de 2010
Es un poco largo de leer, pero es interesante.
Pablo González Casanova

 

Hay algo nuevo en la historia. Por una parte, el capitalismo, como modo de dominación y acumulación, ha entrado en una crisis terminal. Su capacidad de destruir ya no puede ser superada por la de construir, con ese “happy end” que Schumpeter veía en cada crisis económica. El capitalismo ya tampoco puede resolver los problemas de la justicia social y el desarrollo. Sus soluciones, por lo demás, excluyeron de sus beneficios a la inmensa mayoría de la humanidad. Hoy el neo-liberalismo aumenta aún más sus políticas de acumulación a costa de los trabajadores, los pueblos y las juventudes.

Lo que es imposible en el capitalismo escapa al campo de lo incierto. Sólo quienes trabajan para el imperialismo colectivo de Ananías intentan coléricos descalificar la autodestrucción y la impotencia moral del capitalismo. Para ocultar o prolongar su agonía el capitalismo se engaña así mismo: usa sofisticadas políticas de desinformación, de mentiras científicas, de campañas publicitarias millonarias, aparatosas y subliminales, de juegos de guerra abierta y encubierta, de millones de muertos virtuales y reales, con daños buscados y otros esperados, “laterales”.

Los embates del gran capital y su inmensa red de asociados y subordinados buscan –a confesión de parte—que pueblos y trabajadores pierdan su identidad, que partidos y sindicatos de izquierda no cumplan sus ofrecimientos y desilusionen a sus partidarios, que frentes y movimientos sociales abandonen sus rebeldías y se transformen en ONG’s con políticas paternalistas, o de “acción cívica”, como el discurso contrainsurgente las llama. El gran capital, y los estados de los países más industrializados que lo apoyan, impulsan las luchas contra el “terrorismo” que ellos mismos difundieron desde finales de los años cincuenta, y contra el “narcotráfico”, ambos útiles para dominar y vender armas, para “lavar dinero” y apropiarse de inmensas regiones estratégicas, ricas en recursos naturales y en mano de obra barata.

De éstos crímenes, las fuentes oficiales y bancarias dejan abundantes pruebas “clasificadas” y “desclasificadas”, “encubiertas” y des-cubiertas por sus propios agentes, o por los expertos “hackers” que se meten hasta el cerebro del Pentágono sin que éste tenga la menor capacidad de identificarlos. El gran capital y el imperialismo se oponen abiertamente a ese supuesto “desarrollo” que iba a beneficiar a todo el mundo. Olvidan ese ilusorio “Progreso” que llevaría a la humanidad a un modo de vida cada vez mejor. Ni decir nada de aquella orgullosa “Civilización Occidental”, superior a cualquier otra. Ellos mismos destruyen cuanto tenían por bueno.

A más de incrementar el número de hambrientos, de enfermos curables, de sin empleo, de desechables, de extremadamente pobres y esqueléticos, de empobrecidos y des-regulados, los señores del gran capital persiguen con saña, aprisionan, expulsan, y eliminan entre fobias racistas y fanáticas, a quienes buscan escapar de los infiernos de la miseria y pretenden trabajar en las regiones metropolitanas del mundo. Los trabajadores inmigrantes, los “sin papeles”, son cosificados y deshumanizados con creencias racistas, darwinianas y con religiones de hombres blancos, padres de familias enternecedoras que se sienten amenazados por sus víctimas, y que hasta se ríen cuando las ven sufrir, o cuando juegan con sus cuerpos y humillan su dignidad.

Al mismo tiempo, en los círculos más altos del poder y la cultura científica y tecnológica se busca impedir la guerra loca, la MAD, o “Mutual assured destruction” en que es segura la destrucción mutua de los combatientes. Con sus más sofisticadas investigaciones no buscan lograr la paz sino hacer la guerra. Buscan una guerra en que queden a salvo de las respuestas atómicas que hoy los amenazan. El problema es insoluble. Por más supercálculos y modelos que hacen no logran resolver ni diseñar el escenario de una guerra nuclear en que puedan ganar. A sabiendas de eso, se entretienen haciendo “prácticas de guerra” con amenazas que intimiden al enemigo, y lo obliguen a incurrir en una implosión por exceso de gastos militares, y por fallas crecientes en la promoción de bienes y de servicios a la población. Ellos mismos fomentan y aprovechan esas fallas para alentar las luchas internas y las desestabilizaciones.

Hay otra novedad en la historia mundial. La lucha reciente y emergente de “los pobres de la tierra” es muy rica y alentadora. En ella aparecen recuerdos y experiencias de los intentos emancipadores que la precedieron. Surge una junta de humanismos con sus ideales y experiencias en los combates pasados y sus posibilidades creadoras enriquecidas para construir las bases de otra libertad, otra justicia, otra democracia, y otro socialismo. Sin la menor exageración, la lucha emergente corresponde a la más profunda de las alternativas al capitalismo, y la más acogedora de los distintos caminos que la humanidad ha seguido y sigue para su emancipación.

Sobre su expresión en América Latina querría decir unas palabras y decirlas en relación a las luchas por la tierra, por el territorio, y por el planeta tierra. En mi intento de comunicación no sólo procuro ser riguroso en el uso de mis fuentes e interpretaciones. También apelo a las contribuciones epistemológicas de la moral, y a los sentimientos que nos permiten descubrir verdades. Experiencias y decisiones conciernen el sentido de la vida propia. Aparecen en el sentido de la vida y de la lucha de los pobres de la tierra, que insisten en construir un mundo mejor.

La vivencia de nuestras contribuciones epistemológicas puede tener un origen pascaliano o jansenista, pero sin la vivencia en las selvas o en las fábricas de los trabajadores pobres es imposible encontrar verdades y voluntades que sólo se adquieren con la praxis de quienes luchan por la emancipación humana. Sin oponerse a las verdades de la academia hallan y viven otras verdades, como las que Paulo Freire llamara “palabras verdaderas”. Son verdades que al consolidar un “lenguaje consecuente”, comúnmente expresado y entendido, se transforman en “palabras-actos” de los colectivos rebeldes y los empeños libertarios y justicieros.

La “palabra verdadera” crea un poder creador que es necesario vivir para entender. El enemigo o el conformista no lo entienden. Así quien dice o dijo “esta guerra económica es de todo el pueblo”, o “esta lucha la vamos a ganar entre todos”, quien se refiere o refirió al “todo” o a “todos”, y pensó desde entonces en cómo organizar realmente a “todos”, o a ese todo de que hablaba, creó en los actos de todos o de casi todos un poder que entraña esa otra “palabra verdadera”; esa otra moral práctica y creadora que logra “hacer posible” lo que sin ella era “imposible”. Nos referimos a un poder especial. La fuerza de las palabras es el poder ético-político que desde el principio mueve a las vanguardias genuinamente rebeldes. Con políticas consecuentes e innovadoras permite hacer invencible a un pueblo cuando todo el pueblo organizado comparte y comprende el camino de la ética y de los conocimientos, que en los inicios de la Revolución, sólo tenían unos adelantados… Las nuevas vanguardias quieren “aprender a aprender” lo que otros saben, y “enseñar a aprender” lo que sus integrantes saben. Quieren que todo pueblo sepa lo que en una sociedad desigual sólo conocen las vanguardias, o sólo conocen quienes dominan a pueblos intelectualmente “entontecidos” por los que mandan. Si tras todos los conceptos insurgentes y actuales están Marx, Fidel Castro, los jóvenes rebeldes del 53 y el 68, o los de hoy, lo verdaderamente importante es que quienes luchan por la emancipación humana digan lo que piensan y hagan lo que dicen con razones practicadas. Entre éstas también se encuentra el “ofrecer hacer” y el “luchar para lograr”. Y también la decisión existencial de arriesgarse en todo lo que se puede. Como dicen los zapatistas: “Que cada quien haga lo que pueda”.

“Perder el miedo” tiene a su vez profundos significados epistemológicos vinculados al poder emergente. “La fuerza no se cuenta por el número de combatientes que un ejército tiene, sino por el número de los que están dispuestos a ganar incluso a costa de su propia vida”, nos dijo alguna vez un comandante del Caribe. Las maquinaciones del enemigo buscan “meternos miedo”. Se les enfrenta con serenidad y “profundizando el proceso” emancipador.

Las variadas políticas que el mundo emergente plantea son una inmensa y fascinante tarea de millones de seres humanos. Me limito a decir unas palabras sobre la emancipación territorial, sobre la construcción de “otro mundo posible”, y, sobre las nuevas luchas por la libertad, la justicia, la democracia y el socialismo. De América Latina tomo políticas que han confirmado su eficacia para organizar conciencias y voluntades emancipadoras con valor universal. Incluyo a Cuba, a los indios mayas zapatistas, y registro algunas aportaciones muy importantes de Bolivia y Venezuela. Al final me refiero a los habitantes de Indoamérica, sin cuya presencia activa ningún esfuerzo será cabalmente emancipador ni en esta región del mundo ni en otras que tengan naciones sometidas y explotadas a las que sus sedicentes “conciudadanos” tratan como extranjeras y colonizadas en una opresión, explotación y exclusión que aclaran la lucha de clases y de “razas”. La ausencia de las “minorías étnicas” en la toma de decisiones nacionales sirve para explicar el fracaso de cualquier movimiento emancipador. En América Latina fracasará todo movimiento radical que desatienda la participación activa de los “habitantes originales”. Hasta hoy, los liberadores colonizados frecuentemente se olvidan de ellos, no sólo como indios sometidos, despojados y explotados sino como fuerzas emancipadoras.

UN PAR DE EJEMPLOS:

–>   El primer ejemplo es el de “los hombres y las mujeres más pequeños del mundo”, el movimiento zapatista de los pueblos indios de México. Apunto un poco, muy poco, la historia de los pueblos mayas que fueron ocupando tierras en poder de los latifundistas mexicanos y extranjeros. Pueblos de tzeltales, de tzoziles, choles, tojolabales y otros idiomas, entre los que no excluían el “castilla”, o castellano, esos pueblos llegaron a ocupar un amplísimo territorio en el sudeste mexicano. A ellos se unieron grupos de jóvenes rebeldes que, tras algunas derrotas en el Norte y Centro del país, habían hecho un arma de la “modestia de aprender”, y de no dirigir a los pobres entre los pobres. Tardó tiempo para que fueran aceptados como fuerza defensiva. Más tiempo tardó en que se organizaran como Ejército Zapatista de Liberación Nacional, un ejército en que los comandantes de los pueblos indios eran indios, de por sí conocedores de la cultura de la resistencia centenaria con su inmenso saber, y algunos también del marxismo guevarista trasmitido en las escuelas republicanas, o de la teología de la liberación que en los colegios y conventos de Centroamérica y Chiapas prosperaba.

Mirando de cerca el Movimiento parece como una resistencia y una rebeldía de “ensayo y error” que hasta cuando pierde hace extraordinarios descubrimientos. Con ellos logra seguir resistiendo y construyendo la alternativa de un mundo mejor. Descubre así y practica un pensamiento hecho de múltiples combinaciones de las que tomo algunos ejemplos: UNO. Las comunidades y las redes, –es decir las organizaciones que vienen de los habitantes originales o del medievo español–, se combinaron con las que han mostrado ser más eficaces en la época de la información electrónica, y con las comunicaciones, acciones y organizaciones cibernéticas y complejas. DOS. Las luchas por la tierra se combinan con las luchas por el territorio, por la nación, por el mundo, y por la solidaridad internacional. TRES. Combinan la lucha por la autonomía de los pueblos y las articulaciones necesarias para defender “el interés general” de “los pueblos de los pobres de la tierra” a que pertenecen. CUATRO. Combinan la capacidad de lucha armada, con la capacidad de negociación, y ambas con la firme decisión de negarse a las luchas mediatizadoras de quienes han dado muestras reiteradas de traicionar su palabra y sus compromisos con ellos y con los trabajadores. QUINTO. Combinan su respeto a las distintas creencias e ideologías con el pensamiento crítico y con la creación de alternativas en que destacan las “Juntas de Buen Gobierno” y las asociaciones de los municipios autónomos, unidades mayores, llamadas “Caracoles”. Se trata de una experiencia de unión de las comunas y de construcción del poder desde las comunidades y bajo su control…Hoy, los zapatistas, tras el intento de participar a nivel nacional fuera del sistema político en crisis, al ver que las inmensas masas que reunieron en las ciudades cuando lucharon para que los derechos de los pueblos indios fueran reconocidos, en la “Otra Campaña” que emprendieron a nivel nacional al tiempo de las elecciones presidenciales, aquellas inmensas masas que los apoyaban, no hicieron acto de presencia. Desde entonces parecen haberse consagrado a construir “Los caracoles” sin que pueda decirse cómo van a seguir la lucha a nivel nacional, continental y mundial.

–>   En cuanto a la lucha por la tierra, el gran movimiento que llevó a Evo Morales a la Presidencia de Bolivia empezó con la defensa de las tierras y los territorios, con la defensa del derecho a sembrar una planta llamada “coca”que forma parte de la dieta del pueblo, y con la defensa del agua y sus veneros. En esas luchas el actual presidente de Bolivia –socialista y amigo de Cuba- fue uno de los principales líderes. Las aportaciones del movimiento boliviano al nuevo proceso emancipador de pueblos y trabajadores pobres son inmensas. Entre ellas destaca la vinculación de las luchas por la tierra con las luchas por el territorio y con las luchas por el Planeta Tierra. Recientemente realizaron en Cochabamba un Congreso que, a diferencia del de Copenhague, constituye la base para plantear no sólo las verdaderas causas y amenazas que el capitalismo entraña para la vida en la tierra, sino las soluciones necesarias en la transición al socialismo, que pasan por la organización de la “democracia comunitaria” para el “vivir bien”.

Leonardo Boff ha hecho una buena definición de ambos en relación a las estructuras que vienen de las culturas originarias de Indoamérica: “Estas – escribe – buscan realizar un “vivir bien” que no es como nuestro “vivir mejor”, que implica que muchos vivan peor.” Y añade: “El vivir bien” es la búsqueda permanente del equilibrio mediante la participación de todos, equilibrio entre hombre y mujer, entre ser humano y naturaleza, equilibrio entre la producción y el consumo en la perspectiva de una economía de lo suficiente y de lo decente y no de la acumulación”.

Raúl Zibechi, por su parte ha destacado con razón que, a diferencia de las anteriores luchas por las tierras y los territorios, las actuales “están promoviendo un nuevo patrón de organización del espacio geográfico, donde surgen nuevas prácticas y relaciones sociales”. Característica de todos los movimientos es el respeto a la autonomía de los gobiernos locales. Estos exigen la construcción colectiva de una nueva organización social que tiende a superar los fracasos anteriores de “la comuna”, “el municipio libre”, o el “soviet” como base del poder del estado de una Nación-Pueblo hecha de muchas naciones y muchos pueblos. Tales parecen ser las características realmente nuevas del pensamiento crítico que tiene como antecedentes el pensamiento tradicional de los pueblos indígenas, y el revolucionario del poder que se construye y controla desde abajo, en busca de una sociedad alternativa de transición al socialismo, a la democracia como poder de los pueblos y de los trabajadores, y al pluralismo ideológico y religioso. Lo nuevo en la lucha por la tierra, por el territorio, y por el planeta tierra es que concibe y practica una compleja lucha de clases, que también es lucha nacional contra el imperialismo y contra las mega-empresas, sus asociados y subordinados, y una lucha cultural o guerra de las ideas y las imágenes que busca la paz y la supervivencia de la tierra, con la difícil lógica del poder de “todo el pueblo”, base ineludible para la victoria. Esta se logrará si se abandona el indianismo y el aldeanismo en la defensa de los pueblos indios y si deja de enfrentarse la democracia ciudadana a la comunitaria, en vez de combinarlas dentro de una lógica nacional y mundial en que los intereses de clase y sus mediación no pueden olvidarse.

Termino, en nuestras sociedades y comunidades de recursos escasos, a la deshonestidad que pueda darse en algunos dirigentes de los procesos revolucionarios con fines de acumulación personal, se añade el mercado paralelo, informal y prohibido en sociedades que sufren la guerra integral, o de amplias dimensiones. El capitalismo “se hace publicidad” como una sociedad de consumo y de lujo. Sus atractivos “se venden” como si fueran característicos de una sociedad a la que los excluidos pueden aspirar. La guerra de las imágenes se combina con la guerra de las ideas. Una y otra se combinan con las políticas de asfixia financiera y comercial, con las “desestabilizaciones” a cargo de agentes provocadores abiertos y encubiertos, y con los bloqueos criminales. Los efectos que la guerra múltiple produce llevan en los países de transición al socialismo a la creación del “mercado negro” que en la transición a la emancipación y al socialismo es el inicio de la diferencia creciente entre el socialismo formal y “el socialismo realmente existente”. Por sí sola, la corrupción que se generaliza es el peor enemigo de las revoluciones emancipadoras. Más que denunciarla necesitamos enfrentarla en forma reflexiva y activa para vencerla. Creo que la venceremos.

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